«Estás cansado porque no tienes el coraje de tus sueños. Estás cansado porque no caminas.» – Alessandro Pronzato en La provocación de Dios.
Leía hace unos días en este libro que a Dios tampoco le gusta esa habitación angosta que te has construido para atravesar el desierto de la costumbre. Cómo si te hubiera creado para aquello que fatigosamente en el día a día ahoga tu vida. Pero nada más lejos de los frutos que los humanos somos capaces de generar aquí en la Tierra mientras vivimos el regalo de esta experiencia.
Y es que cuando esto sucede, y el ser humano ve estrecharse cada vez más las paredes de ese espacio, empujado por la desesperación y la fuerza posible de demolerlas, empieza a adentrarse en una situación casi límbica y paralizante, entre la escucha y la huida, entre lo que te apetece y lo que realmente quieres, entre lo que sabes y lo que te atemoriza confirmar…en la que Dios, que siempre estuvo detrás de esa puerta roída de tu fe infantil, esperando a que le llamaras, se hace fuertemente presente, y pica y te pregunta: «¿puedo pasar ya?» Y tú, humano, le reconoces, y entre la culpabilidad y la alegría, le miras, le escuchas, le entiendes… y le dices: «es que tengo miedo, es que no me atrevo, es que no valgo, es que no lo merezco, es que no voy a saber hacerlo…», y Él te contesta: «No te preocupes, yo te acompaño».
Es en ese momento en el que el humano comprende que la verdad, sin mandato ni ley, le obliga internamente, le exige coherencia y sinceridad, y descifra la paradoja más misteriosa del mundo: cuanto más estás en Él, cuando más te acercas a reconocer que la historia del universo solo tiene un protagonista y que tú naciste porque Él pensó que la creación sería más bella contigo, pero que sin embargo es suya y no tuya, rompes las cadenas, las paredes, y te rindes a su tentación: la vida es su regalo, la libertad el modo más alto de ejercerla y Él es el camino.
Es víspera de Reyes y eso también indica que hace pocos días comenzamos un nuevo año, que no deja de ser un símbolo en el calendario, pero para un católico, el momento en el que ocurre es poderoso porque has celebrado el nacimiento de Jesús. Como escribiría de una forma impresionante, preciosa y casi divina, Juan, el discípulo amado en su Evangelio (1-18): «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios…El Verbo era la luz verdadera que alumbraba a todo hombre, viniendo al mundo…. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Jesús es Dios que nace.
Y, no sé si por falta de atención o por exceso soberbia, es frecuente que en esos días cuando vemos a un bebé en pañales en el pesebre frío, rodeado de animales y pastores, nos quedamos en la ternura superficial casi compasiva al reconocer en la imagen también a una madre adolescente que suponemos ignorante de lo que se le viene, y a un joven varón, casi ajeno a todo aquello. Miramos, pero no vemos, así que no es posible que entendamos. Imposible salirse del marco y conectar la información que Dios siempre nos ha venido dando.
Sin embargo Juan, en apenas unos versículos enlaza la creación del mundo, la venida de Jesucristo y el sentido último y total que Dios profiere a todas las cosas. No hay ruptura entre creación y redención, entre origen y destino. Es la historia de Dios con el Hombre. Es lo que Jesús tras nacer, viéndonos completamente perdidos, vino a enseñarnos para poder salvarnos.
Pero como decía, mañana se conmemora el día en el que Tres Reyes Magos visitan al niño Dios en su cuna. Hombres extranjeros y desconocedores de la ley de Israel, sabios según su tiempo, que podían leer el mundo a través de las estrellas. Con un extraordinario don del discernimiento para saber lo que era de Dios y lo que no lo era (recordemos su encuentro con Herodes), se guiaron por una de ellas (de las estrellas) y llegaron a Belén, y encontrándose con «ese niño», reconocieron la palabra verdadera, y allí mismo, la verdad, en la forma humana más frágil posible, reveló su autoridad suprema.
Me da la impresión de que este pasaje comparte un trasfondo esencial con el momento en que tú, en tu habitación angosta, eliges salir de ella y buscar la verdad de tu vida, la que Dios sabe que mereces, o quedarte dentro de los muros de tu pobreza. Vemos además que aquí Dios nunca habló solo para el pueblo de Israel, si no para todos los pueblos del planeta Tierra, para todos y cada uno de sus hijos, sus creaciones singulares y amadas. También que no es una novedad que Dios siempre, desde siglos atrás, permite que le reconozcamos sin verle en función de nuestra singularidad, para que podamos entender quién es, y entender lo que nos ha dado con la vida, con la suya y con la nuestra, y que para ello se va a servir de tu entorno (como hizo con las estrellas a los Reyes Magos) y va a poner a tu disposición los medios. Pero es fundamental que tu ‘sí’ sea como fue el de ellos: sin saber destino, sin saber la forma en que se revelaría la verdad, sin saber las condiciones de la travesía… Dios lo dejó claro con anterioridad: «Sal de tu tierra» le dijo a Abraham, por que la fe comienza cuando uno se mueve, con «el caminar» (de San Agustín), con «el salto existencial» (S. Kierkegaard).
Y en efecto llegaron a ese pesebre frío, y entendieron, que Dios, «el qué es», ama tanto su obra, que cuando ésta se pervierte y es secuestrada por la no luz, opta por no corregirla desde lo alto donde habita, si no que se iguala a los hombres asumiendo lo que la humanidad, en sentido más natural, puede llegar a entrañar en su peor vestimenta: rechazo, sufrimiento y muerte. Y podríamos pensar: «En parte es justo, ¿no, Dios? Nos piensas, nos creas, y nos dejas aquí en el mundo con nuestro pecado original, con nuestra «inclinación descendente» (de A. Pronzato) a la tentación de aquel que no eres tú pero te imita para engañarnos…y nos engaña continuamente porque nosotros no somos tú.» Y he ahí la respuesta, Dios no solo quiere que se salven los buenos, Dios quiere salvarnos a todos, porque nos prefiere a todos y cada uno, por que todos somos suyos.
Ni a los buenos, ni a los mejores, ni a los poderosos en términos humanos. Los Reyes Magos eran Reyes, eran sabios, y tenían medios: camellos, pajes, y ofrendas. Vamos a presumir que al menos al comienzo del viaje, tuvieron agua y alimentos. ¿Pero qué tuvieron María y José? Obediencia, fe… sí, en efecto, pero, ¿no ves que no era solo eso? Dejemos de ofrecerles la mirada tierna de la casualidad. Ellos no eran dos adolescentes cualquiera, ellos eran una aguja en el pajar de Dios. Ese silencio de José, su aceptado segundo plano sin ruido ni estruendo. Y ese «Hágase» de María que requiere aceptar ser la favorita del Señor, la única. Creo que fueron ellos desde el principio de los tiempos, por que en ellos ya estaba Dios, por que no solo obran como Él quiere, si no que obran de forma muy parecida a cómo Él lo hace. ¿Quién me guiará en la Tierra cuando sea un niño con mis propias leyes en lugar de con las humanas? Así, soñando despierta, me imagino cómo Dios se planteaba las mejores opciones para que su plan se hiciera como estaba escrito. Y que fue así como pensó a María y a José, igual que después lo hiciera con Juan el Bautista.
Para terminar, y citando de nuevo al autor de este libro yo digo: «No te canses conmigo Señor, por favor, insiste en tus tentaciones». Que en este camino nuevo, te rodeen a ti si lees esto, y me rodeen a mí, personas inteligentes y sabias, como los Reyes Magos, que sepan orientarme en tu verdad cuando me vuelvo a quedar ciega o incapaz, que dibujen con claridad los límites que no son míos para poder traspasarlos, y que señalen los que sí lo son, para acogerlos. Y añado, tiéntame Señor con los dones que me has dado, tiéntanos a todos, para salir a vivir lo que para mí tienes planeado.
Paz.
Fátima Blanco Calleja
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